Beneficios de un vaso de agua

Beneficios de un vaso de agua

Hace años mi suegro, cuando se levantaba por las mañanas, hacía tres cosas en este orden: lavarse la cara, beberse un vaso de agua y tomarse un café. Dos tercios de sus rutinas matinales le sentaban estupendamente porque un simple vaso de agua puede hacer más por nuestra salud que una caja de aspirinas (lo del pequeño café solo ya sería más discutible). Vamos a hablar hoy del agua, que sin aportar apenas sustancia alguna, resulta ser un nutriente fundamental si queremos llevar una vida saludable.

“El agua es un líquido incoloro, inodoro e insípido”. Quien hiciera esa definición viejuna sí que estaba insípido, al menos en ese momento. El agua es fascinante, en primer lugar, porque con toda su sencillez se encuentra por todas partes. Dos átomos de hidrógeno y uno de oxígeno bastan para crear el ingrediente más abundante de muchos seres vivos y, por supuesto, de nosotros los humanos.

Pero además de no tener color, olor ni sabor, el agua no tiene apenas más nada. En las tablas de composición de los alimentos vemos que el agua está a cero en todo… menos en agua. Contiene pequeñísimas cantidades de minerales más o menos variables en función de la procedencia y la manipulación, tan pequeñas que apenas hacen cosquillas a nuestras necesidades diarias de nutrientes.

Entonces, ¿dónde está su valor si no tiene nada?

Primero, en que el agua está presente en la configuración de nuestras estructuras orgánicas, desde las células hasta los músculos. Somos un 75% de agua, de ahí la importancia de mantenernos hidratados, ya que nuestro cuerpo no produce agua. Sin ella nos desmoronaríamos como una casa con malas paredes. Consumiéndola regularmente tendremos un cuerpo más funcional y más lustroso.

Segundo, el agua sirve para limpiar. A través del sudor y de la orina eliminamos gran parte de los desechos del cuerpo, con lo que despejamos de atarecos y facilitamos su correcto funcionamiento. Esto significa que debemos prestar atención a los órganos encargados de tales funciones. ¿Saben lo que le pasa a un coche cuando se le ensucia el motor o los filtros? Pues igual nos pasa a nosotros, con la diferencia de que para el coche se consiguen repuestos y para nuestro cuerpo no resulta tan fácil.

Tercero, el agua transporta nutrientes y elementos por nuestro cuerpo, por ejemplo, a través de la sangre, como una hoja de árbol arrastrada por una corriente. Ello es importante tanto para lo bueno (el oxígeno) como para lo malo (los derechos). Que por nuestras venas corre la vida es cierto porque el 80% de la sangre es agua.

¿Cuánta agua debemos consumir cada día? Sobre esto hay mucho de ciencia popular y poco de evidencia rigurosa. Se habla de cantidades que oscilan entre 1,5 litros y 2,5 o incluso 3. Nosotros hacemos una pequeña trampa e indicamos en nuestros planes la cantidad más pequeña. ¿Por qué? Pues porque no es bueno obligar al cuerpo a beber agua si no se tiene sed. Nuestro cuerpo sabe cuánta agua necesita y tiene los mecanismos para pedirnos que se la demos. El problema está en que no le hacemos caso a esas señales y bebemos muy poco, con lo que el organismo debe conformarse con el agua contenida en los alimentos. Por eso se recomiendan algunas cantidades, para tener una referencia o una meta, y se dan consejos para añadir un poco de agua a la que conseguimos de otras fuentes, como beber uno o dos vasos en cada comida.

“Uno o dos vasos”. No hace falta más. Igual de malo que la deshidratación es la sobrehidratación que puede causar desórdenes tan graves como la hiponatremia, la caída brusca de los niveles de sodio en el cuerpo que nos puede mandar al otro barrio. Y si de moderación hablamos, no hace falta ni recordar las torturas que se han inventado con la abundancia de agua como portagonista.

Así es que lo importante es beber la cantidad que agua que nos pida el cuerpo, que él ya se encargará de decírnoslo. En lugar de obsesionarnos con una cantidad de litros determinados, lo mejor será escuchar las señales que nos manda nuestro organismo o adquirir rutinas fijas de beber en momentos determinados, como durante las comidas o, como hacía mi suegro, invariablemente cada mañana al levantarse.